¿Te acuerdas de aquella noche que nunca acabó?
No lo sé tú, pero yo sí.
Recuerdo una noche lluviosa, fría, agorafóbica
en la que todos nadaban en un mar de absurdidad.
Ni la hora nos preguntamos,
y mi recuerdo se empeña en olvidar tu nombre.
Parecíamos conocernos, déjà vu pensé,
y allí estábamos los dos, celebrando el triunfo de Baco,
deleitando nuestros paladares
tú con malta, yo con enebro.
Quisimos arreglar el mundo en diez minutos,
y en media hora comprendimos
que la soledad compartida
se disfruta más en un coche.
Puestos a recordar recuerdo
tus caderas de fuego y
tus arañazos venenosos,
dialogar como filósofos para follar como locos,
todo fluyó y nada permaneció.
Símiles baratos que sirven para la ocasión.
Días más tarde, incauto yo,
en un déjà vu volví a pensar.
Alguien conocido me miraba y sonreía,
una mujer hermosa, demasiado quizás,
pintas de diosa egipcia,
cual primogénita de Ra.
Fue entonces cuando me dio por pensar
y volví a recordad
aquellas uñas venenosas, esa mirada,
aquellas caderas de fuego, esa sonrisa.
Y es que tan sólo tres noches atrás,
aquella diosa egipcia se escapó de Ra,
abandonó la dictadura del dios Sol
y por la noche quiso disfrutar.
Y, modestia aparte, del abajo firmante
por aquella sonrisa que encontré,
mal no lo debió pasar.
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